jueves, 24 de noviembre de 2011

NEME



Neme

-Niña, sube el pan a casa de don Ambrosio.
Neme aparta los ojos de la lectura. Abandona  las lecciones de urbanidad y del respeto debido a los mayores. Deja de escuchar la voz ejemplar de “la Buena Juanita” que la conduce por el camino de la virtud y la sumisión, y se  lanza escaleras arriba con el encargo.
 A Neme le gusta que su madre la envíe a casa de don Ambrosio con algún recado. Con el pan. Con las cartas que la asistenta, que limpia el piso dos veces por semana, se ha olvidado de recoger. Con la leche que han traído el lechero y su caballo (de regreso a la vaquería es el viejo animal quien gobierna el carro mientras el hombre duerme sobre el pescante el sopor del vino).
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Adora sumergirse en la penumbra verdosa que velan los postigos entornados. Don Ambrosio es muy precavido con la luz. No quiere que los muebles, ni los cuadros que llenan las paredes se estropeen por eso en verano su casa permanece en una suave sombra que ahuyenta el rigor de la canícula, los ruidos de las apisonadoras y el olor acre de cuerpos sudorosos trabajando a pleno sol en la construcción de las aceras.
Y le gusta también esa fragancia ligera, ese aroma de violetas que le rodea (igual que le envuelve el batín de seda). Un perfume que la niña lleva consigo de regreso a la portería, adherido a sus mejillas por las que don Ambrosio acaba de pasar las manos cuidadas y suaves del cura que nunca llegó a ser.
-Gracias, bonita.
Y la voz se le torna honda, profunda, monacal, con una resonancia pétrea de claustros y altas bóvedas.
-Parece mentira que un hombre que vive solo sea tan esmerado y cuidadoso – comenta a menudo la madre de Neme-. Hasta en eso se nota que es un caballero. Tan buen hijo..., tan solícito... Ya ves como se las apañó para cuidar de doña Basilisa (que Dios tenga en la gloria) hasta el último suspiro. ¡A buena hora iba a consentir él que manos extrañas tocaran a su madre!
La niña no ha conocido a la señora pero sabe quién es. Ha visto su retrato colgado en el despacho de don Ambrosio justo enfrente de la vitrina de caoba  en la que se alinean ordenados los tomos de la Enciclopedia Espasa. Los ojos oblicuos de la mujer la escrutan cuando Neme va pasando las páginas de los libros mientras don Ambrosio a su lado, cerca, muy cerca, (tan cerca que ella siente la embriaguez del perfume de violetas) le va descubriendo un mundo misterioso en el que cada palabra es una revelación y un asombro. También le explica que los nombres, además de servir para llamar a las personas, tienen su propio significado.
-El nombre de tu padre, por ejemplo. Arturo significa guarda o centinela, y hay que reconocer que es un nombre muy apropiado para un portero...
Todo eso está escrito en otro libro que ella no entiende y que no es capaz de descifrar porque las letras no son como las que le enseñan en la escuela. Estas le parecen más hermosas por desconocidas y enigmáticas.
-Es griego –le aclara-. En griego el nombre de tu madre, Irene, significa Paz.
-¿Y que quiere decir don Ambrosio?
-Ambrosio significa inmortal La ambrosía era el alimento que tomaban los dioses....Mi ambrosía  es el vaso de leche diario que alivia mi úlcera. Aunque dudo mucho  que me pueda dar la inmortalidad....
Y se ríe con una risa bajita colgada de los labios amoratados y carnosos.
El ardor del verano se deja sentir a pesar de las persianas echadas y Neme sufre el doble agobio del calor y del vestido que le queda estrecho porque es del año pasado y ella ha crecido. Pide ir a la cocina a beber agua y don Ambrosio le ofrece un vaso de agua con hielo que ha sacado de la nevera recién comprada, panzuda, blanca y brillante como un oso polar lampiño.
 Luego, figurando un juego, pasa el resto de hielo por las mejillas encendidas de la niña y lo deja resbalar cara abajo... cuello abajo... escote abajo... Entonces intenta atraparlo con sus dedos gordos y gelatinosos de babosas insatisfechas... El hielo sigue deslizándose... Finalmente lo apresa  entre los pechos incipientes de la niña.
La mano saciada se reintegra al aire caliente de julio. En su cuenco palpita aún una gota de agua, trémula y triste como una lágrima.

Octubre arrasa con ráfagas ventosas la hojarasca y los árboles tiritan su desnudez en los parques solitarios. Otoños sucesivos barrerán también el recuerdo de los últimos días del verano cuando hubo que llamar apresuradamente al médico porque don Ambrosio se sentía cada vez  peor de su úlcera.
-Un gato. Un gato furioso es lo que tengo agarrado al estómago- le decía a Irene que le velaba los insomnios.
El médico sorprendió a todos cuando tras la muerte solicitó que fuera practicada la autopsia. Los resultados confirmaron sus sospechas: Don Ambrosio había sido envenenado.
Comenzó entonces la pesadilla de los interrogatorios. El desfile de hombres idénticos formulando preguntas idénticas. Detuvieron a la mujer que limpiaba dos veces por semana en el piso del difunto pero tuvieron que dejarla en libertad por falta de pruebas
Durante un tiempo los vecinos olvidaron el frío, olvidaron el hambre... La guerra no la habían olvidado. Los muertos cercanos cedieron por unos días su espacio de duelo al hombre asesinado. Pero este muerto les era ajeno y poco a poco fueron arrinconando el crimen en su memoria para recuperar el recuerdo de los suyos y , sobre todo, concentrarse en las preocupaciones más urgentes y cotidianas. El Calendario Zaragozano anunciaba un invierno duro. La necesidad de proveerse de leña y carbón  absorbió la atención de los inquilinos. Parecía que también la policía hubiera perdido interés en el asunto. Quizá porque don Ambrosio no tenía familia que apremiara la investigación, la desgana y la negligencia terminaron por apoderarse del caso.
En el piso deshabitado, en el despacho vacío, en una vitrina de caoba protegida por cristales, un libro de letras hermosas y desconocidas asevera: “Némesis, diosa griega que personifica la venganza divina con la que los dioses, en su justicia implacable, castigan las desmesuras y excesos de los hombres.
-Tu nombre, Neme, -le había explicado don Ambrosio una sofocante tarde de julio- significa venganza justiciera.
La niña está sentada leyendo las historias ejemplares y no presta oídos a las palabras de la madre que trastea en la despensa.
. -Otra vez  han aparecido ratones en la carbonera –dijo la madre-. Habrá que acabar con ellos antes de que críen entre la leña y nos cueste meses descastarlos... Lo extraño es que no logro encontrar el matarratas.

En la mecedora desvencijada Neme acuna el deseo de llegar a ser algún día como la Buena Juanita
2º Premio
Certamen “Paz Pasamar”
Jerez de la Frontera, 2008



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