jueves, 27 de julio de 2017

Homenaje a las abuelas

LUNAS DE SOLEDAD


Cuatro veces había iluminado la luna la negrura de la aldea desde que Juan Eusebio se llevara a la niña.
Y aún otras cuantas había de rodar por los cielos antes de que llegara la carta.

Las manos de mamá Hortensia vagan indecisas en la mañana, en aquel hueco de día que se ha quedado vacío ahora que no tienen el pelo brillante y negro de la niña trenzándose entre la destreza amorosa de sus dedos…
“Ya las tres nos hemos quedado huérfanas”
y ambas manos asienten con un aleteo de pájaros extraviados mientras buscan desorientadas en el aire una tarea nueva a la que asirse, una ocupación que las distraiga de la extrañeza de la ausencia.
Toma la pichana de un rincón y vuelve a barrer. La escoba repasa una y otra vez el suelo de pambil.
 Después de la marcha de la niña estuvo días sin barrer la estancia.

“No le voy a echar fuera las huellas”

 Pero ya el aire frío de abril le entraba el otoño por la puerta y  llenaba la casa de hojarasca. El crujido de las hojas secas lo sentía como un gemido.

“Tal vez que no sean las hojas...
tal vez soy yo, que me duelo”

Por las dudas arrojó fuera las ramas y el follaje muerto, pero dentro del corazón seguían chasqueando los suspiros.

            De Pangua le trajeron la carta.
-Aquí tiene, mamá Hortensia, en avión mismito le ha llegado.
En avión... Volando... Igual que se había ido la niña.

Señora Hortensia Huamán
El Corazón,  cantón Pangua
COTOPAXI   (ECUADOR)

Esas palabras había escrito la niña en el sobre azul. Esas palabras había leído el empleado del correo. Esas mismas palabras y todas las que venían dentro, ordenadas en líneas, habría leído mamá Hortensia de haber sabido leer, pero hubo de esperar a que alguien le desenmarañara aquellos trazos incomprensibles para ella.
Ahora sí. Ahorita reconocía las palabras.  Y no era Pedro Lizardo leyéndolas en voz alta. No. Era la voz de la niña, la voz de Manuela quien le susurraba...
...tú sabes bien que nunca me canso de correr, de jugar, de saltar... pues ya ves cómo en el avión estaba de cansada. Allí sentada, quietecita, tantas horas sin moverme, viendo llorar a la gente...  Son tristes los aviones... Quizá haya algunos que no. Tal vez en otros vuelos las personas rían felices, pero en este avión que nos alejaba de Ecuador yo no veía más que rostros preocupados y ojos con lágrimas...
“Ya la pobreza le va robando los hombres
y mujeres a la aldea.
No más quedaban los niños...
y también”

Pedro Lizardo prosigue la lectura
... el cansancio y las penas se fueron cuando abracé a mi mamá y a Bernardo... Luego, la casa. ¡Cómo había de gustarte la casa! Tener agua es la cosa más linda del mundo. Basta levantar una palanquita del grifo y el agua mana sin esfuerzo, igual la fría que la caliente. Mi mamá sin embargo dice que mejor la fría. La caliente cuesta más plata...
Diez años había estado mamá Hortensia acarreando agua del pozo. La había bañado desde que era una wawa. Apenas había dejado de mamar cuando la Rosa, la nuera, se fue a España a reunirse con Juan Eusebio y la encomendó a su cuidado. Cada sábado le había frotado el cuerpo con hierbas olorosas.
Verdad era que en los últimos tiempos ya no lo hacía. La niña tenía vergüenza de los bultitos que le iban creciendo en el pecho y era ella misma quien llenaba el balde de plástico y se lavaba apresurada detrás de la cortina de colores. Después iba a que mamá Hortensia le abrillantara el pelo con aceite de ungurahua y le trenzara los cabellos.
...la escuela aquí es mucho más grande, con un patio amplio en el que jugar, y cerquita de la casa...

“Andate, niña, no vayas a enojar a la maestra con la tardanza”

Y la niña Manuela caminaba aprisa sus tres kilómetros bajo la lluvia o el sol de la mañana.
...te echo de menos, mamá Hortensia. Cuando vuelvo del colegio la casa está vacía porque todos, mi papá, mi mamá y Bernardo, están aún en el trabajo…
Mamá Hortensia había aguardado cada tarde el regreso de Manuela. La esperaba en la puerta, ansiosa de descubrirle en la mirada las palabras nuevas, los conocimientos recién adquiridos.
...pero estoy contenta porque aprendo muchas cosas ¿Sabes que ahí, en los Andes, se puede llegar a vivir hasta 115 años, o más?

Mamá Hortensia se puso a contar por los dedos, pero no supo calcular cuántas lunas de soledad le restaban aún a su vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario