miércoles, 11 de enero de 2017

EL HOMBRE SIN LÁGRIMAS


EL HOMBRE SIN LÁGRIMAS
2º premio XIV Certamen Villa de Mendavia

Al señor Gumersindo nunca le dijeron aquello de “los hombres no lloran”. 
Nunca. Jamás. 
Ni siquiera cuando atendía al diminutivo de “Sindín” y su perra, la Chola, apenas una cachorrita, murió atrapada en una trampa que un desaprensivo había colocado para cazar conejos. El chaval estuvo bregando con todas sus fuerzas para liberarla del cepo sin resultado alguno, y cuando corrió a la casa en busca de ayuda fue demasiado tarde. Pero nadie tuvo que decirle entonces “los hombres no lloran, Sindín”, porque el crío no soltó ni una lágrima. Quizá se lo impidiera una mano extraña que le retorció el estómago antes de que comenzara a vomitar. Por eso su abuela no le enjugó el llanto con la punta del delantal como solía hacer con los otros nietos cuando se caían en el corral, o cuando regresaban descalabrados después de haberse zurrado la badana con los otros chicos del pueblo, sino que entró en la cocina, atizó el fuego, preparó una manzanilla y se la dio a beber. 
Eso fue todo.

Y ahora el señor Gumersindo no sabe distinguir si el cosquilleo que siente en la nariz es el comienzo de una alergia primaveral o el preludio de unas lágrimas.
Los que le conocían desde la cuna no se sorprendieron cuando Sindo acompañó el féretro de los padres –primero el de la madre y un año después el del padre- sin señales de llanto en las mejillas. 
El rostro descompuesto, eso sí. La tez lívida, eso también. Pero los ojos secos como si un viento íntimo y sediento hubiera absorbido las lágrimas antes de que afloraran a los ojos.
Tras el último de los entierros, Sindo regresó del cementerio y se sentó en el zaguán a cavilar si la muerte del padre no se debería a la tristeza y a la soledad. A esa suerte de orfandad y desamparo en que caen algunos hombres cuando la esposa fallece.

Y ahora el señor Gumersindo achaca a la rinitis (como llama el médico a ese picor en la nariz), la humedad que acaba de descubrir en sus ojos.
Tres años estuvo Gumersindo cuidando de Elvira. Tres años difíciles. Al principio Gumersindo no comprendía cómo era posible que su mujer siempre tan activa y dispuesta, pendiente de todo y de todos, con la casa resplandeciente como los soles, se hubiera sumido en una apatía que la llevó a abandonar los quehaceres diarios y a desentenderse de todo y de todos. ¿Y qué decir del cambio de su carácter? Elvira, que había sido la calma y la paz personificadas, siempre “templando gaitas”, como solía decir, para abortar las discusiones familiares antes de que se produjeran, se convirtió en un ser irascible y violento sin que Gumersindo pudiera concretar el momento de la transformación de su conducta.
Claro que eso no fue lo peor. Mal que bien Gumersindo se las apañaba para sortear sus cambios de humor. Aprendió a esquivar las situaciones que provocaban conflictos en el comportamiento de su mujer. Aprendió a soportar con paciencia sus imprevisibles estallidos de cólera. Aprendió a cocinar y a poner la lavadora, incluso a planchar. Así que, después de todo, su cambio de carácter no fue lo peor. Lo peor llegó después, cuando Elvira dejó de tener carácter, ni bueno ni malo, y le miraba con ojos ausentes sin reconocerlo. Desde entonces no volvió a gritarle porque olvidó su nombre, y el de los hijos, y el suyo propio. 
A nadie le extrañó, pues, que Gumersindo no llorara en el funeral de su mujer. “Dios le ha hecho mil bienes” – decían unos. “A él y a ella” -añadían otros.
Y ahora el señor Gumersindo saca un pañuelo de papel del bolsillo derecho de su pantalón y se limpia la moquita que le pinga de la nariz como una lágrima extraviada que hubiera errado el camino.

-¡Vamos, vamos! –lo animó Sor Virtudes- ¿A qué viene esa cara? ¿es que no está contento de volver a casa de su hijo?
El señor Gumersindo se encogió de hombros sin responder. No quiso contarle a la monja que total ¿para qué? La nuera volverá a decirle “salga a dar un paseo, abuelo” que es lo que le decía siempre cuando vivía con ellos, aunque él sabía que lo que verdaderamente quería decir era “quítese del medio de una puñetera vez”, antes de repanchingarse en el sofá a ver los cotilleos de la tele, hartándose de frutos secos mientras el marido se escornaba en la fábrica haciendo horas extra para tenerla a ella como a una reina.
Y el nieto… el nieto protestará porque le vuelvan a meter al abuelo en su dormitorio. Seguro.
-Escucha, padre- había dicho su hijo mirando al parquet del suelo- ya ves que la vivienda es pequeña y el chico está creciendo y… bueno, ya sabes cómo son los chavales de hoy en día, que quieren su intimidad y tener su propia habitación… y que nadie les estorbe cuando juegan con las videoconsolas …
-O sea, que soy un estorbo.
-No, no he querido decir eso, sino que los chicos no se concentran si hay alguien a su alrededor cuando…
-¿Cuándo estudian, quieres decir? Porque lo que es yo a Pablito nunca le he visto encima de los libros. Siempre enredando con el ordenador y los aparatos esos.
El hijo del señor Gumersindo siguió mirando al parquet como si en él estuvieran escritas las palabras que tenía que decir y no las pudiera descifrar bien a causa de los reflejos del sol que entraba por la ventana.
-Bueno, el caso es que Cari y yo hemos pensado que como tienes una buena pensión… pues.., eso… que las residencias de la tercera edad ya no son lo que eran y que allí estarás bien atendido.
Divinamente –había apostillado Cari.
Su nuera se llama Cari, Caridad. “Hay que joderse con el nombre –había pensado entonces el señor Gumersindo- pues si que le acertaron bien al bautizarla”.
El buen hombre preparó un par de trajes, varias camisas, algún jersey de lana y el abrigo Loden, que se conservaba casi como recién sacado de la tienda porque se lo había puesto en contadas ocasiones. Metió las zapatillas de paño y un par de zapatos, junto con los calcetines, en una bolsa de deporte que al nieto no le gustaba porque no era de marca.
Tomó su maleta y salió de la casa con dignidad. Sin una queja. Con las mejillas secas. Sintiendo la mano extraña estrujándole el estómago como cuando era un crío y le llamaban “Sindín”. Tenía ganas de vomitar, pero se aguantó. Esa vez nadie iba a prepararle una manzanilla.

Y ahora el señor Gumersindo contempla asombrado las lágrimas de Leocadio, su compañero de habitación, que le pasa el brazo por los hombros y le dice con voz entrecortada “te echaré de menos, Gumersindo”
El señor Gumersindo está esperando con la maleta en la mano a que su hijo venga a recogerle. Ha vuelto a meter en ella todo lo que había traído consigo. Todo menos el Loden, que se lo ha regalado a Leocadio “para que tengas un recuerdo”.
El piso sigue siendo pequeño. Parece más reducido aún porque han pasado cinco años largos desde que se fue a la residencia, y en ese tiempo Pablito ha crecido mucho. Un chicarrón es ya. Menudo estirón ha pegado.
Al contrario que el sofá de la sala, que se diría que ha encogido. O a lo mejor es que ahora son muchos a sentarse en él, porque también su hijo se deja caer exhausto entre los cojines cuando vuelve cansado de hacer cola a las puertas del Inem.
Hoy su nuera Cari, Caridad, no le ha dicho aquello de "vaya a dar un paseo, abuelo”. Hace mucho tiempo que no se lo dice. Pero no ha sido necesario. El señor Gumersindo se ha puesto una chaqueta y ha gritado desde la puerta “bajo a dar un paseo por el parque”. Ya en la calle se ha dirigido a la caja de ahorros a ver si le habían ingresado la pensión. A su regreso se la ha entregado a Cari, como todos los meses desde que ha vuelto a vivir con ellos. Y también como todos los meses su nuera le ha abrazado muy fuerte y él ha creído tener lluvia en las mejillas mojadas.

Y ahora el señor Gumersindo se toca la cara, seguro ya de que la humedad que recoge con la punta de sus dedos no se debe a la rinitis alérgica.
Sin embargo, aún no ha aprendido a diferenciar sus propias lágrimas de las lágrimas de su nuera, y todo se le confunde en un único y benéfico llanto.

viernes, 6 de enero de 2017

LAS ADÚLTERAS

PURITA       


Purita siempre quiso ser adúltera. Era una obsesión que la había perseguido desde muy chica. La culpa, como de costumbre, la tuvieron las malas lecturas. Y es que Purita se aficionó muy pronto a leer. Desde que supo unir unas letras con otras y formar sílabas que ella paladeaba como otros niños paladeaban las piruletas de caramelo, supo que era en la palabra escrita donde estaba la verdad.
Y de nada valían los consejos de la abuela
-Chacha, para ya de leer que te vas a dejar los ojos en los papeles.
Ni las recriminaciones de su madre:
-Purita, acaba de una vez y apaga la lámpara que nos vas a arruinar con la factura de la luz.
Ni siquiera le hacían mella los consejos del confesor:
-Mira Pura, los libros en general son causa de la perdición de algunas muchachas. No digo yo que no leas, eso no, pero limítate a lecturas piadosas, el santo Evangelio, por ejemplo, o mejor aún la vida edificante de las santas y mártires de nuestro santoral. En ellas hallarás la pauta para tu comportamiento.
Pero nada de esto consiguió cambiar su determinación.
¡Claro que las lecturas invitaban a transitar por caminos desconocidos y peligrosos! Ella presintió el abismo desde el momento mismo en que a los cinco años leyó el prospecto de un preparado farmacéutico para la tos: para niños y adúlteros rezaban las indicaciones. Titubeó un poco al pronunciar la palabra adúlteros. Era muy pequeña para conocer ciertos vocablos y mucho menos su significado.
-Mamá quiero ser adúltera para tomar una cucharada grande del jarabe.
Y es que el jarabe tenía un gusto delicioso. Sabía a fresa con un regustillo suave a limón que a Purita le encantaba. Nadie hubiera creído que se trataba de una medicina. Por eso cuando leyó que a los adúlteros se les recomendaba una cucharada sopera en lugar de la pequeñita de postre que le daban a ella tres veces al día, deseó con toda su alma convertirse en adúltera.
-No, cariño, no se pronuncia así. Se dice adulto. A ver, repite conmigo: A-dul-to. A-dul-to.
Purita no se dio por enterada. Miró a su madre con la desconfianza que muestran los niños avispados cuando intuyen que los mayores les engañan para privarles de algún capricho.
-A-dúl-te-ro. A-dúl-te-ro.  Insistió contumaz.
Su madre la dejó por imposible y la cuestión pasó a ser una anécdota graciosa que invariablemente alguien sacaba a colación en las celebraciones familiares.
Pero a pesar de su determinación Purita no lo tenía fácil. Cuando se convirtió en una jovencita se miraba al espejo con desconsuelo. No era agraciada, por decirlo de un modo suave. Pensó que después de la adolescencia los granitos del acné desaparecerían para dar paso a un cutis transparente y luminoso, pero no fue así. Su piel era áspera y basta, llena de espinillas con sus cabecitas negras asomando por los poros abiertos que había dejado el acné.
Y para ser adúltera lo primero que necesitaba era casarse, después…
“…después, Dios dirá”.
Le dio el “sí” a Tomás ante el altar de la parroquia con el temblor propio de cualquier novia.
Tomás era maquinista de la Renfe y viajaba mucho por eso había aceptado su proposición de matrimonio. Bueno, por eso y porque fue el único que se lo pidió.
“una ventaja”, pensó Purita.
Como buena ama de casa se dedicó a colgar cortinas en las ventanas y a esperar la oportunidad de convertirse en adúltera. Sin embargo los días transcurrían monótonos sin visos de que nada extraordinario fuera a suceder.
“No hay nada escrito. El destino se lo traza una misma”, se dijo
El destino de Purita vestía mono azul de trabajo y lucía una protuberancia color naranja sobre el hombro izquierdo.
A Purita le dio por pensar que los cuatro pisos que subía Arcadio con la bombona de butano al hombro eran una muestra irrefutable del interés que manifestaba por ella. Y, claro, lo normal era que ella se mostrara también amable.
-Siéntate un momento, Arcadio, que debes de estar muerto después de subir tantas escaleras.
Arcadio era un mocetón alto y fuerte que no estaba agotado en absoluto, pero se sentó unos minutos mirándola con curiosidad.
Purita pasó las dos semanas siguientes esperando con ansia a que se acabara el gas y cuando telefoneó al distribuidor las piernas le temblaban de emoción.
Llegó Arcadio con su bombona al hombro. La bombona relucía como recién pintada. Se notaba a la legua que era nueva. A Purita le pareció todo un detalle que Arcadio se hubiera molestado en escogerla expresamente para ella.
-Pasa, Arcadio, siéntate un momento que te tengo preparado un cafetito.
Esta vez el gas no duró más que una semana. Los quemadores de la cocina estaban encendidos constantemente con ollas de agua hirviendo.
-¿qué hacen esas cazuelas al fuego sin nada dentro?
Preguntó sorprendido Tomás el día que le tocó descanso.
- Nada, mi amor, son para contrarrestar la sequedad del ambiente. Sale más barato que comprar un humidificador.
Purita tuvo que repetir dos veces la petición del suministro al distribuidor. Esta vez no solo le temblaban las piernas, sino también la voz: Calle de la Esperanza, nº 2 – 4º izq. Pronunció al fin entre suspiros entrecortados.
Estaba resuelta. Había llegado el momento decisivo. Por fin se iba a convertir en adúltera. En esta ocasión invitaría a Arcadio a sentarse un ratito en el sofá del salón. Purita había mullido los cojines para que el muchacho se sintiera cómodo. Se imaginaba la escena. Ella, tan delgadita, tan poca cosa, tan insignificante, en los fuertes brazos de Arcadio. Llevaba puesta una bata anaranjada que se había comprado en el mercadillo para que el chico no extrañara el color. Varias veces se asomó al balcón impaciente. Y otras tantas se desabrochó provocativamente los primeros botones de la bata.
Sonó el timbre de la puerta. Purita se precipitó a abrir
-Pasa, Arcad…
-No señora. Yo soy Fulgencio. Al Arcadio no lo verá usted más. Le echaron de la empresa porque se había “enrollao” con una clienta y el marido amenazó con dar de baja el contrato.
En la cara de Fulgencio, picada de viruela, asomó una sonrisa.
Purita, olvidada de sus espinillas, sonrió también.
Tal vez fuese el comienzo de un apasionado adulterio.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

ESPERANDO AL INVIERNO

¿Nieve o sol? Con este otoño tan caluroso es difícil predecir qué tiempo nos tiene reservado el invierno.
Ah, pero hablando de reservar no os olvidéis de reservar vuestras libros para las tardes en las que lo que más apetece es quedarse en casa disfrutando el placer de la lectura.
Os recuerdo que mis novelas y cuentos los encontraréis en la librería Artemis, de León.
Y si ya los habéis leído, no dejéis pasar las Navidades sin un pequeño obsequio para vuestros amigos.

Estos son los títulos.





         ¡¡¡QUE LOS DISFRUTÉIS!!!

domingo, 4 de diciembre de 2016



Porque hoy es santa Bárbara, 
 dedico este pequeño reconocimiento a todos los MINEROS del mundo


Gaviotas en el Cielo


Oscurecieron el aire unos pájaros negros que se me figuraron gaviotas de luto por navegantes muertos.
Y no eran gaviotas…
eran cuervos que trazaban en la tarde las rutas sombrías de la desgracia.

Y, no obstante los presagios de los cuervos…
no obstante su vuelo amenazante…
no obstante la advertencia de sus graznidos…
yo ignoraba que sus plumas aleteaban mensajes de infortunios .
Ciego y sordo a sus lúgubres augurios, yo aguardaba ilusionado con la esperanza de que un barco me llamara al amanecer.
Sonaba la sirena al alba. Y después otra vez, mediado el día. Y aún una vez más ya de noche cuando  el azul deja de ser azul y no quedan pájaros en el aire, tan sólo una confusión de estrellas.
 Pero la sirena no procedía de barco alguno.
Estábamos habituados al reclamo de la mina tres veces al día.
La casa… mi madre… yo…el pueblo entero se estremecía cuando la sirena sonaba a deshora.

En mi espera, dispuesto siempre para la partida en el barco que había de llegar, creía escuchar el fragor del agua batiendo contra el casco de un buque imaginario.
Y no eran las olas…Era el golpeteo del agua sobre la piedra del lavadero del patio mientras mi madre hacía la colada.
No eran olas de espuma blanca, era el agua renegrida de carbón que escurría de las ropa sucias de mi padre y que mi madre restregaba con un cepillo de cerdas.
Y, a pesar de las prendas polvorientas…
 a pesar de los monos chorreantes…
a pesar de los calcetines enlodados…
a pesar de la desesperanza…persistía la esperanza.
En una vieja maleta había ido amontonando las pequeñas posesiones del niño que aún era: cromos de futbolistas y ciclistas con los rostros enmarcados en las tapas metálicas de las gaseosas. Una peonza de rejo afilado que casi taladraba la carne cuando la hacía bailar en la palma de la mano.  Algunas canicas con las que unas veces ganaba y otras, perdía en el juego del “gua”.

De nuevo ensombrecieron el cielo gaviotas luctuosas, ¿o eran cuervos?
La sirena sonó a deshora corroborando el presagio de los pájaros.
Sonó pertinaz. Ululó sin desmayo. Extendió su grito a lo largo del valle aprisionado por las montañas.
Y, antes de ponerme a temblar, antes de echar a correr siguiendo a otras sombras que corrían delante de mí negando corazonadas, apartando temores, rechazando presentimientos aún tuve tiempo de llenarme los bolsillos con los tesoros que habían colmado mi niñez.

Volvió madre a lavar en el patio.
Durante un tiempo corrió clara el agua de mis ropas sin que el polvo de la mina enturbiara su curso..
Durante unos meses el agua circuló cristalina del grifo al sumidero dejando una estela plateada de ilusión engañosa sobre la dureza pétrea del granito.


Me despertó la sirena llamando al tajo
Enterré la maleta debajo de la cama y salí a la mañana incolora.
Madre me seguía a poca distancia.
A la entrada de la mina se acercó a vaciarme los bolsillos: canicas, tirachinas, una punta de lápiz, la cuerda de la peonza…
-Nada de esto necesitas allá adentro –dijo
Se alejó enjugándose los ojos con el pañuelo de los adioses a los barcos.

Yo solo tenía quince años…
Había que aprender a ser hombre.


  


sábado, 26 de noviembre de 2016


MUJER, NEGRA Y DE FAVELA
“¿Qué es esta oscuridad que se abalanza sobre mí?
¿qué es esta sombra que de repente apaga el sol?
¿de quién son los brazos que me atenazan brutalmente sobre la tierra apisonada de la chabola?
¿a quién pertenece este aliento hediondo, esta lengua pegajosa, esta saliva viscosa que ensucia mi boca?
¿de quién es el miembro que me atraviesa las entrañas como un río de fuego y piedras?
¿Cómo es que mi piel ha perdido, en la bestialidad de unos instantes, la fragancia de las naranjas y limones que vendo a los cariocas?
¿Cómo es que mi cuerpo, abandonado en el suelo, se duele de una fatiga que no ha sentido caminando por las calles de Río?”
Apenas unas horas antes había salido de la favela, como cada mañana. Y también, como cada mañana, se había detenido en el paseo de la playa de Botafogo a contemplar el mar.
“Por aquí llegamos – se dijo-. O mejor, por aquí nos trajeron. En barcos negreros”.
Mira a lo lejos queriendo descubrir la aldea de la que fueron arrancados, una tierra en la que una vez –según le cuentan los suyos- fueron libres. Pero el horizonte no es otra cosa que el beso del firmamento sobre el agua azul; no hay vestigios de otro continente. Tal vez todo haya sido un sueño de sus antepasados y nunca existió un poblado con palmeras que jugaban con el viento y las arenas, y con mujeres venturosas que reían y jugaban con la espuma de las olas.
Con la cesta de fruta a la cabeza, recorre la distancia hasta Rua Pinheiro Machado. Cinco kilómetros. ¿Qué son cinco kilómetros para unos pies descalzos...? Nada. No son nada porque el cansancio no cuenta si hay gentes con dinero que se detengan a comprar y depositen las monedas en su mano negra. Sin rozarla apenas, sin reparar en la pureza de sus ojos de azabache ni en la inocencia de la sonrisa que ilumina su candoroso rostro.
Cinco kilómetros no son nada si consigue deshacerse de toda su mercancía, si al final ya no le quedan naranjas ni limones por vender y puede perder unos minutos en el barrio de Las Laranjeiras contemplando el palacio Guanabara tan hermoso con sus torretas cubiertas de pizarra, con sus escaleras señoriales, donde dicen que vivió una princesa a la que llamaron “La Redentora” porque se empeñó en redimir a los negros de la esclavitud a la que les tenían sometidos los hombres blancos.
La niña se mira los pies descalzos y después observa fijamente los peldaños de la doble escalinata como si estuviera decidida a ascender por ellos, a penetrar en las lujosas estancias que su fantasía infantil no alcanza a imaginar.
Pero se ha hecho tarde. Apresura el paso hasta llegar a Chapeu Mangueira.
Siete años. Cuerpo de niña. Fragancia a limón. Piel de ébano inmaculado bajo el sol del mediodía.
Y de repente, el sol oscurecido. La piel arañada… El cuerpo invadido... Y un olor acre de macho salvaje que borra todo rastro de perfume.
La niña muere allí mismo doblegada por la violencia.
Y no obstante, de esta cópula brutal, de este coito infame, nacerá la mujer que va a ser. De la sangre de su sexo emergen, como brasas ardientes, la rebeldía, el coraje, la determinación, el impulso que dará un vuelco a su destino.
La humillación, la congoja, el desamparo sólo hallarán alivio con el alumbramiento de una mujer nueva, una mujer valiente que aborte el desconsuelo y engendre la esperanza.
El combate contra la fatalidad, contra la negrura del futuro comienza allí mismo, sobre la tierra removida que guarda todavía la huella y el olor de la violencia.
La lucha por una nueva existencia comienza ahora que la sombra del hombre ha desaparecido y el sol ha vuelto a iluminar el interior de la chabola.

viernes, 25 de noviembre de 2016

FLOR DE ESCARCHA

Yo  antes vivía en Madrid, en el barrio de Moratalaz. Desde siempre. Desde que nací una mañana de mayo y mi papá se puso como loco a abrazar a mi mamá y a llenarle la cara de besos mientras aseguraba que no había otro bebé más guapo en mil leguas a la redonda. Lo se porque se lo oí contar a los dos cientos de veces.
Nos hizo muchas fotografías y vídeos a mi mamá y a mí. Yo no era más que una carita arrugada, (lo he visto en el álbum de fotos y en los vídeos), pero mi madre está preciosa, con una sonrisa feliz y unos ojos grandes, muy grandes, de un color gris o azul clarito que me miran embobada.
Pero de eso hace ya nueve años.
Después, a medida que yo crecía, los ojos de mi mamá se fueron haciendo más oscuros y más pequeños, como si quisiera cerrarlos del todo para no ver el mundo. Y casi no me acuerdo de cómo era su sonrisa de entonces. Como si su sonrisa se hubiera quedado atrás, al igual que la ciudad, y el colegio, y las amigas.
O como ha quedado papá, al que hace más de tres años que no veo.
Al terminar segundo de primaria me trajeron a vivir con mis abuelos aquí, a este pueblo que no es muy grande pero tampoco muy pequeño, que tiene jardines y una avenida con árboles a lo largo del río,  adonde mis abuelos, desde el momento que llegué, me prohibieron ir cuando ya ha anochecido.

Ahora es sólo la abuela la que repite: “a la Alameda, ni acercarte, ¿estamos…?”, una bobada me parece a mí porque por allí no hay nadie. Si acaso alguna mujer sola que pasea balanceando su bolso, o algún hombre también solo que camina  con las manos en los bolsillos del pantalón.
 Pero como no quiero disgustarla, pues ni siquiera se me ocurre asomarme por allí.
Me encanta el nombre de este pueblo: Flor de Almendro. No me negareis que no es precioso. Aunque no sé porque se llama así, la verdad, porque yo no he visto nunca ningún almendro, ni en los jardines, ni en los huertos, ni en el monte cercano. Además  aquí hace tanto frío que  las flores se morirían, y a mí no me gusta pensar en flores muertas, con pétalos congelados como si fueran de cristal y pudieran romperse de un momento a otro,  porque entonces al pueblo habría que nombrarlo de otro modo, algo parecido a Flor de Hielo o  a lo mejor Flor de Escarcha.

Tampoco quiero pensar mucho en la muerte. Odio a la muerte porque nos quita a los que más queremos, como le pasó a la abuela. “Se lo llevó la muerte. En un momento. Casi sin sentir” explicaba a los que vinieron a darle el pésame hace sólo tres meses, cuando el abuelo murió de un ataque al corazón. Se diría que está celosa. Como si la muerte se lo hubiera llevado del brazo igual que una novia, “se lo llevó la muerte…”
A mí me da mucha pena de la abuela, por eso procuro portarme bien. Yo sé que hoy está más triste que otros días y es porque esta noche llegará mi madre a buscarme y mañana nos iremos las dos de compras a Madrid. “¡Qué ganas moveros!  murmura entre dientes.- como si ahí al lado, en León, no hubiera nada que comprar”,
Y no es que la abuela sea mala, pero no le gusta que yo vuelva a Moratalaz, ya ves tú, otra bobada, como lo de la Alameda. Pero mi madre le contestó que para un “puente” que tenía libre lo quería aprovechar para que lo pasáramos juntas en Madrid y yo volviera a ver a mis “compis” del Sánchez de Vicuña.

Mi madre es enfermera y trabaja en un hospital. Creo que es por eso que me trajeron a vivir con los abuelos en Flor de Almendro, porque ella no me podía cuidar con todo ese lío de los turnos, que si una semana por la tarde, que otra por la noche, otra por la mañana, y vuelta a empezar. Y además hace muchas guardias para ganar más dinero, porque dice que mi padre ha dejado de pasarnos la pensión.
Mi abuela me está tejiendo un gorro de lana con unos dibujos que parecen cristales de nieve, y es que en este pueblo todo tiene que ver con la nieve. La verdad es que mi abuela se pasa el día con las agujas de hacer punto en la mano.
-Para no pensar, hija, para distraerme y no pensar – dice
Y de distraída nada, que yo bien la veo concentrada: tres puntos del derecho, echo hebra, dos puntos juntos del revés... ¡Uf, qué lío! Con lo fácil que es ir a comprarlo.
-Cuando vuelvas de Madrid, seguro que ya lo tengo terminado. No me falta más que hacerle el pompón, ¿Cómo lo quieres, de uno color solo o de varios colores?
-Como prefieras tú, abuela. 
Le contesté, porque sabía que al final, dijera yo lo que dijera, terminaría haciéndolo de todos los colores que aparecían en el gorro.

Aquella noche mi madre durmió en el pueblo. Conmigo. En la misma habitación y la misma cama que habían sido suyas desde pequeña.
Dormí abrazada a su cuerpo con mi mejilla apoyada en su pecho, notando su calor. Yo estaba contenta y feliz de sentirla a mi lado, pero de repente comencé a tiritar
-¿qué te ocurre, Alba?, ¿tienes fiebre?
-No, no. No me pasa nada, de veras, yo creo que ha sido un escalofrío.
Y me apreté más contra ella.
Claro que no tenía fiebre. Lo que tenía era miedo. Pero no un miedo de esta noche. Era un miedo de otras noches. O el recuerdo del miedo. No sé explicarlo muy bien. Me daba miedo pensar que aquí, en el pueblo, también iba a entrar papá en el dormitorio dando voces, preguntando que qué hacía yo metida en la cama de mi madre. Casi podía sentir el dolor como si me estuviera agarrando del brazo y me empujara al pasillo.
Me tapé los oídos con las manos para no escuchar el portazo, ni los golpes, ni el llanto de mamá.
Pero no escuché nada. Porque no hubo portazo, ni gritos, ni golpes y mamá me sonreía mientras separaba mis manos de los oídos.
-Duérmete, mi amor. No pasa nada.
A la mañana siguiente, cuando entramos en la cocina, ya teníamos el desayuno preparado encima de la mesa. Nos lo zampamos en un santiamén y nos metimos en el coche camino de Madrid.
¡Qué bien! Iba a encontrarme con mis amigas Patricia y Mamen que viven en nuestro mismo bloque.

 ¡Qué raro se me hizo volver a entrar en mi casa de siempre! Lo primero, encender la luz de la entrada, porque en el pasillo no hay ninguna ventana, al contrario de lo que ocurre en la casa del pueblo, que tiene una ventana larga, que ocupa casi toda la pared y mira al corral.
Después, ya en el salón, las cosas me parecían distintas, como si estuvieran colocadas de otra manera. O a lo mejor era sólo que estaban ordenadas. Cada cosa en su sitio. No había botes vacíos de cerveza sobre la mesita de cristal, ni hojas sueltas del “Marca” esparcidas por el suelo. Ni deportivas debajo del sofá… Tampoco estaba mi padre tumbado y en chándal con el mando de la televisión en una mano y el “ducados” en la otra.
Al mirar el sofá vacío casi me echo a llorar. Hacía mucho tiempo que no veía a mi padre. Desde la noche en que vino la policía a casa porque los vecinos habían llamado al 112 al oír los gritos de mamá.
Y me parece que también mis gritos, aunque de eso no estoy muy segura.

-No te quedes ahí parada –dijo mi madre desde la puerta.- Anda, vete poniendo la mesa, que enseguida preparo algo y nos vamos al centro comercial.

Al anochecer, regresamos cargadas de bolsas y paquetes. La mayoría eran regalos de Navidad y Reyes. Mamá había adelantado las compras porque después no iba a tener tiempo y total… yo ya sabía que los Reyes Magos eran los padres. Pero como a las dos nos hacía mucha ilusión que los regalos estuvieran al pie del árbol el día de Nochebuena, nos pasamos un buen rato envolviéndolos en papeles con dibujos de abetos y trineos, y lazos de colores. Para la abuela habíamos comprado un portarretratos de plata. Mamá le puso una fotografía en la que estábamos el abuelo, la abuela y yo en un parque. Seguro, seguro, que la abuela se echaría a llorar cuando lo viera.

-Mamá, ¿iremos mañana a patinar sobre hielo?
-Bueno. Pero ya sabes que a mí se me da fatal y termino siempre en el suelo, ¡ no me faltaba más que romperme una pierna, con la de guardias que me esperan estas fiestas! así que mejor vas con Patricia y Mamen, ¿vale? Anda, baja un momento mientras se hace la pizza en el horno a preguntarles si les apetece ir.
Mi mamá es estupenda. Como sabe que en casa de la abuela no se come pizza jamás de los jamases, siempre que estamos juntas compra una de jamón york y queso, que son las que más me gustan.
Al día siguiente nos llevó a las tres al Palacio del Hielo. A mi casi se me había olvidado patinar, del tiempo que hacía que no practicaba, pero enseguida empecé a hacerlo tan bien como mis amigas. Lo pasamos genial.
Por la tarde mamá y yo nos quedamos en casa. A mí me daba gusto estar otra vez en mi habitación, era casi como volver a ser pequeña, porque me puse a jugar con mis muñecas.
Se nos pasó el fin de semana sin sentir. Por la noche comenzó a nevar.
-¡Qué fastidio! –comentó mi madre. ¡Mira que ponerse a nevar justamente ahora!  ¡Pues vaya viajecito que nos espera! A ver si con un poco de suerte por la mañana ya se ha ido la nieve.
Pero la nieve no se fue y la calle estaba toda blanca cuando bajamos de casa para coger el coche.
De pronto vi a papá. ¡Qué alegría! Seguro que alguien le había avisado de que yo estaba en Moratalaz y venía a verme.
-¡Mamá, mamá! ¡Está ahí papá!
Eché a correr hacia él con los brazos abiertos. ¡Qué ganas tenía de abrazarlo!
También él corría.
Papá me apartó de un empujón y siguió corriendo hacia mamá.

No entiendo cómo pudo suceder. De pronto, la nieve comenzó a ponerse roja alrededor de mi mamá caída en la acera.
No sé qué más pasó.

Me parece que estuve mucho rato sobre la nieve porque sentía un frío terrible por todo el cuerpo, como si mis brazos y mis piernas fueran pétalos congelados y yo misma una flor de escarcha. 

miércoles, 18 de mayo de 2016